El sol de la mañana bañaba las dunas con un resplandor dorado cuando Mariana ajustó el pañuelo sobre la cabeza de Amira. La pequeña no dejaba de moverse, emocionada por la excursión que les esperaba.
—¡Quieta, pequeña! Si no te protegemos bien del sol, no podremos ir a ver los camellos —dijo Mariana con una sonrisa, mientras aseguraba la tela colorida.
—¡Camellos, camellos! —canturreaba Sami, dando saltitos alrededor de ellas, ya completamente listo con su túnica blanca y su keffiyeh, perfectame