El viento del desierto aulló con furia contra los ventanales del palacio. Las palmeras se doblaban como si fueran de goma, y el cielo, normalmente despejado y estrellado, se había convertido en un manto oscuro rasgado por relámpagos que iluminaban la noche con destellos fantasmales.
Mariana se despertó sobresaltada cuando escuchó el primer trueno. En México había vivido tormentas tropicales, pero había algo salvaje y primitivo en las tormentas del desierto que le erizaba la piel. Se incorporó en