El sol de la tarde se filtraba por los arcos de la galería superior del palacio, proyectando sombras geométricas sobre el mármol pulido. Khaled Al-Fayad permanecía inmóvil, con las manos apoyadas en la balaustrada de piedra labrada, observando la escena que se desarrollaba en el jardín inferior. Su postura era rígida, como correspondía a un hombre de su posición, pero sus ojos no podían ocultar un brillo de curiosidad.
Abajo, en el exuberante jardín privado, Mariana corría descalza sobre el césp