El silencio en el despacho de Khaled era casi tangible. La luz del atardecer se filtraba por los ventanales, proyectando sombras alargadas sobre los documentos esparcidos en su escritorio de caoba. Llevaba horas intentando concentrarse en los informes financieros del último trimestre, pero su mente, habitualmente disciplinada, se negaba a cooperar.
Khaled se levantó y caminó hacia la ventana. Desde allí podía ver parte de los jardines donde Mariana solía pasear con los niños. Ahora estaban vacío