El sobre blanco descansaba sobre la cama de Mariana como un objeto extraño, casi amenazante. Lo había encontrado al regresar de su paseo vespertino con los niños, colocado con precisión milimétrica sobre la colcha color marfil. Su nombre, escrito con la caligrafía impecable y formal que caracterizaba todos los documentos oficiales del palacio, parecía observarla.
Mariana permaneció inmóvil en el umbral de la puerta, con los dedos aún aferrados al picaporte. El aire acondicionado zumbaba suavemen