El sol de la tarde se filtraba por los amplios ventanales de la sala de juegos, proyectando rectángulos dorados sobre el suelo de mármol. Mariana se encontraba sentada en la alfombra, rodeada de bloques de construcción y figuras de animales, mientras Amira y Sami competían por mostrarle sus creaciones. La risa de los niños llenaba la habitación, un sonido que había llegado a amar profundamente durante estos meses en Alzhar.
—¡Mira, Mariana! ¡He construido un castillo más grande que el de Sami! —