El sol de Alzhar se filtraba por las cortinas de seda, dibujando patrones dorados sobre el suelo de mármol. Mariana observaba a Amira mientras la niña coloreaba con esmero un dibujo de un caballo. Sus pequeños dedos sujetaban el lápiz con determinación, la punta de su lengua asomando entre los labios en un gesto de concentración que siempre hacía sonreír a Mariana.
—¿Te gusta, Mariana? —preguntó Amira, levantando su dibujo con orgullo.
—Es precioso, cariño —respondió Mariana, acariciando el cabe