El sol de la tarde se filtraba por los amplios ventanales del palacio, proyectando sombras doradas sobre el mármol pulido. Khaled observaba desde la terraza elevada, inmóvil como una estatua de alabastro. Abajo, en los jardines, Mariana corría descalza tras Amira y Sami, sus risas ascendiendo como burbujas en el aire cálido. La mexicana llevaba el cabello suelto, una cascada de ondas oscuras que danzaban con cada movimiento, y un vestido sencillo que flotaba a su alrededor como una nube.
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