La ambulancia se deslizaba por las calles de Alzhar como un fantasma silencioso, sus luces apagadas y su sirena muda. A través de las ventanas tintadas, Mariana observaba una ciudad que parecía haber sido vaciada por una plaga invisible. Ni un alma transitaba por las avenidas principales, ni una luz brillaba en las ventanas de los edificios residenciales. El toque de queda secreto había transformado la capital en un escenario post-apocalíptico.
Idris se removió en sus brazos, un gemido suave escapando de sus labios mientras buscaba instintivamente el calor de su madre. La incisión en el abdomen de Mariana pulsaba con cada movimiento del vehículo, recordándole que apenas habían transcurrido treinta y seis horas desde el parto. El médico que la acompañaba ajustó la bolsa de suero intravenoso, sus ojos preocupados fijos en el monitor que registraba sus signales vitales.
—Presión arterial estable por ahora —murmuró, más para sí mismo que para ella—. Pero necesita reposo absoluto.
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