El silencio en el despacho de Khaled era tan denso que parecía una entidad viva, respirando entre las paredes de mármol y madera. Sus dedos tamborileaban sobre el escritorio de caoba mientras su mente reproducía una y otra vez la escena que acababa de presenciar: Mariana y Rashid, demasiado cerca, demasiado cómplices, demasiado... todo.
La sangre le hervía en las venas. Había ordenado a Mariana presentarse en su despacho de inmediato, y ahora esperaba, con cada segundo de retraso alimentando la