El jardín del palacio se extendía como un oasis de serenidad bajo el cielo estrellado de Alzhar. Mariana había buscado refugio allí después de una cena particularmente tensa, donde las miradas entre Khaled y ella habían sido tan intensas como fugaces. Necesitaba aire, espacio para ordenar sus pensamientos que parecían tan enredados como las enredaderas que trepaban por las paredes de piedra.
La mexicana caminaba entre los rosales, rozando con la punta de los dedos los pétalos aterciopelados. El