No sé cuánto tiempo llevo aquí sentada, con la mano de Liam entre las mías. Afuera el día ya cambió varias veces de color; la luz del sol se fue, después volvió, y ahora otra vez parece esconderse. Para mí todo es igual: el tiempo se detuvo desde que escuché esa palabra maldita salir de la boca del doctor.
Leucemia.
No puedo dejar de repetirla en mi cabeza, como si al decirla pudiera encontrarle otro significado menos cruel. Pero no lo hay.
Desde entonces no me he despegado de esta habitación.