AARON BIANCHI
El limbo, sin dolor, sin resentimiento, sin ese sentimiento atroz e hiriente que causa la traición en el pecho de quien la sobrevive.
Hasta creo haber visto a Alba, tan celestial, tan dulce, tan caprichosa.
Mi cabeza era un torrente que sangraba, sentía las gotas del caliente líquido vital mojándome el rostro, y en un total estado de confusión.
Ni siquiera así sentí miedo. Y es malo cuando no le temes a la muerte, cuando crees que nadie sufrirá el perderte.
Creo haberme de