Sophie se acurrucaba en la pequeña sala de visitas del hospital, con las rodillas pegadas al pecho y las manos temblando. Viktor, estaba sentado a su lado, con una mano firme en su hombro, mientras Catalina, le frotaba la espalda en círculos suaves. Las lágrimas corrían por el rostro de Sophie sin control.
—Mamá… papá… —su voz salió rota, apenas audible—. Por favor, díganme que me creen. No soy una asesina. No lo soy. Lo que pasó con Sandra… fue un accidente. Ella me agarró del brazo, yo me solt