Sophie se acurrucaba en la pequeña sala de visitas del hospital, con las rodillas pegadas al pecho y las manos temblando. Viktor, estaba sentado a su lado, con una mano firme en su hombro, mientras Catalina, le frotaba la espalda en círculos suaves. Las lágrimas corrían por el rostro de Sophie sin control.
—Mamá… papá… —su voz salió rota, apenas audible—. Por favor, díganme que me creen. No soy una asesina. No lo soy. Lo que pasó con Sandra… fue un accidente. Ella me agarró del brazo, yo me solté porque me estaba asustando, y entonces resbaló. Sus tacones… el piso estaba encerado. Yo no la empujé. ¡Lo juro por lo que más quiero! No sabía que estaba embarazada. Si lo hubiera sabido… Dios, nunca le habría hecho daño a un bebé.
Viktor apretó su hombro con más fuerza, su voz grave pero serena, como un ancla en medio de la tormenta.
—Hija, mírame. —Esperó hasta que Sophie levantó la cabeza, los ojos hinchados y brillantes—. Nosotros te conocemos. Sabemos quién eres. Nadie en esta habitación