Mundo ficciónIniciar sesiónLa luna estaba roja.
No por presagio —aunque muchos lo dirían después—, sino por las nubes bajas que teñían su luz de un carmesí enfermizo. Astraea lo tomó como una señal igual. No de la Diosa. De ella misma.
Era ahora o nunca.
Se deslizó fuera de las cocinas con el corazón golpeándole las costillas. Noah había sido claro: sin despedidas, sin equipaje, sin errores. Solo el cuerpo, la voluntad… y la sangre si era necesario.
La fortaleza dormía.
O eso parecía.
Astraea avanzó por los pasillos traseros, aquellos que conocía mejor que nadie. Había limpiado cada rincón. Cada grieta. Cada sombra. Las antorchas eran pocas; la oscuridad la protegía.
La presencia antigua dentro de ella se mantenía alerta, como un animal agazapado.
Rápido, susurró sin palabras.
Cuando llegó al portón secundario, lo vio.
Noah estaba apoyado contra el muro, completamente inmóvil. Si no fuera por sus ojos brillando en la oscuridad, habría parecido una estatua.
—Pensé que no vendrías —murmuró.
—Pensé que intentarías irte sin mí —respondió ella.
Él sonrió.
—No soy idiota.
Le tendió una capa oscura.
—Póntela. Tu aroma sigue siendo demasiado… interesante.
Astraea se la colocó sin protestar. El tejido estaba encantado; lo sintió al instante, amortiguando su esencia.
—¿Y los guardias? —preguntó en voz baja.
—Sobornados —dijo Noah—. Los que no… no llegarán a tiempo.
Abrió el portón lo suficiente para que ambos pasaran.
El bosque los recibió con un susurro inquietante.
Astraea respiró hondo. Tierra húmeda. Musgo. Libertad.
Dio un paso fuera de la fortaleza.
Y entonces—
—¡DETÉNGANSE!
El rugido de Kaelen sacudió la noche.
Todo ocurrió demasiado rápido.
Una explosión de energía Alpha atravesó el bosque. Astraea se giró justo a tiempo para ver a Kaelen emerger de entre las sombras, seguido por Killian y una docena de guerreros.
—Sabía que huirías —escupió Kaelen—. Siempre fuiste cobarde.
Astraea sintió el impulso de encogerse.
No lo hizo.
—Muévete —ordenó Noah, empujándola suavemente hacia el bosque—. No mires atrás.
Kaelen gruñó.
—¡Es nuestra!
El vínculo roto se tensó como una herida reabierta. Astraea jadeó, llevándose una mano al pecho. El dolor era distinto ahora. No paralizante. Ardiente.
—No —dijo, con la voz temblorosa pero firme—. Nunca lo fui.
Kaelen se lanzó.
Noah se interpuso.
El choque de Alfas sacudió el suelo. Árboles cercanos crujieron por la fuerza del impacto. Killian se quedó inmóvil un segundo, dividido, los ojos fijos en Astraea.
—¡Killian! —rugió Kaelen—. ¡Tráela!
Killian dio un paso.
Astraea lo miró.
Por un instante, vio algo humano en él. Duda. Culpa. Deseo reprimido.
—No tienes que hacer esto —dijo ella, sin saber por qué.
Eso fue lo que lo rompió.
Killian rugió, frustrado, y se giró hacia los guerreros.
—¡Rodeen el flanco! —ordenó—. ¡No la lastimen!
Noah lanzó una carcajada corta mientras bloqueaba otro ataque de Kaelen.
—¿Ves? —dijo sin mirarla—. Ni siquiera ahora saben lo que quieren hacer contigo.
—¡Noah! —gritó Astraea cuando vio a dos guerreros avanzar hacia ella.
La presencia antigua despertó con violencia.
Ahora, dijo.
Astraea levantó la mano sin pensar.
El aire se comprimió.
Una onda invisible salió disparada desde su cuerpo, lanzando a los dos lobos varios metros atrás. Se estrellaron contra los árboles con un crujido seco.
El bosque quedó en silencio.
Todos la miraron.
Astraea también se miró a sí misma, temblando.
—¿Qué… hice?
Noah la observó con una mezcla de asombro y satisfacción.
—Eso —dijo— es justo por lo que vinieron a matarte.
Kaelen se quedó quieto.
Por primera vez… parecía inseguro.
—Eso no es poder de loba —murmuró.
Astraea dio un paso atrás.
—Aléjate de mí.
Killian la miraba como si viera a una desconocida.
—Astraea… —dijo, más suave—. Vuelve. Podemos—
—No —interrumpió ella—. Ya no.
Kaelen rugió de rabia y se lanzó de nuevo, pero Noah se transformó a medias, mientras sus ojos brillaban con ferocidad.
—Corre —ordenó—. ¡Ahora!
Astraea no lo pensó.
Corrió.
El bosque la envolvió. Ramas golpearon su rostro. Raíces intentaron hacerla caer. Su respiración era un jadeo desesperado, pero sus piernas se movían con una fuerza que nunca había tenido.
Detrás de ella, los rugidos resonaban.
La perseguían.
La presencia antigua la empujaba, guiándola entre los árboles, alejándola de los senderos conocidos. El mundo se volvió instinto.
Un río apareció de pronto.
—¡Salta! —gritó Noah desde atrás.
Astraea no dudó.
Se lanzó al agua helada. El impacto le robó el aire. La corriente la arrastró, girándola, golpeándola contra rocas. Tragó agua. Luchó.
Una mano fuerte la sujetó.
Noah la sacó del río varios metros más abajo, ambos jadeando, empapados.
—¿Te duele algo? —preguntó con rapidez.
Astraea negó con la cabeza, tiritando.
A lo lejos, los rugidos se perdieron. El río había borrado su rastro.
Noah la soltó despacio.
—Ya está —dijo—. Cruzamos el límite.
Astraea cayó de rodillas en la orilla fangosa.
Rió.
Rió y lloró al mismo tiempo.
—Me fui —susurró—. De verdad me fui.
Noah la observó en silencio durante un momento.
—No —corrigió—. Acabas de empezar.
Astraea alzó la mirada hacia la luna roja, empapada, herida, viva.
Algo dentro de ella sonrió.







