Asherad alzó la voz de manera abrupta, imponiéndose al caos que África estaba provocando.
—¡Suficiente! —ordenó con dureza—. ¡África, basta ya! ¡Detente y deja de armar este escándalo!
Ella forcejeó contra él, fuera de sí, con el rostro encendido por la ira y el dolor.
—¡Suélteme! —exigió—. ¡Suélteme ahora mismo, Alfa! ¡Quiero saber quién es esa mujer! ¡Quién es su amante! ¡¿Cómo se ha atrevido a hacerme esto?! ¡¿Cómo ha podido engañarme?!
Asherad no respondió con palabras. Con un movimiento decidido, la tomó con firmeza y prácticamente la alzó del suelo, obligándola a retroceder. Sin darle oportunidad de seguir gritando en el estudio, la sacó de allí y se la llevó por el pasillo, alejándola del lugar donde todo había estallado. África seguía protestando, pero su voz se fue perdiendo conforme se alejaban.
Sigrid, con el corazón golpeándole el pecho, reaccionó recién entonces. Caminó despacio hasta la puerta del estudio y se detuvo en el umbral. Asomó la cabeza un poco, lo suficiente p