África estaba demasiado alterada para medir sus palabras. La ira y los nervios la desbordaron por completo y, de pronto, las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas sin que pudiera contenerlas. Su voz temblaba, rota por el llanto y la frustración, pero aun así no retrocedió.
—¡Usted no olvide que tiene una esposa! —le gritó—. ¡Y yo tengo tanto derecho como usted! Solo voy a decirle una cosa, Alfa: no permitiré esto. ¡No lo voy a permitir! ¡No quiero que esté con otras lobas! Si vuelvo a verlo con alguien más, me iré de esta mansión con mi hijo.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire como un desafío abierto. En ese momento, Asherad cambió su actitud y su expresión se volvió sombría. Entornó los ojos y comenzó a avanzar hacia ella, reduciendo la distancia entre ambos. Se detuvo justo frente a África, imponiendo su presencia de Alfa de manera aplastante.
África sintió el impulso de encogerse, de dar un paso atrás, pero no lo hizo. El miedo estaba ahí, latiendo en su pecho, sin