África estaba demasiado alterada para medir sus palabras. La ira y los nervios la desbordaron por completo y, de pronto, las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas sin que pudiera contenerlas. Su voz temblaba, rota por el llanto y la frustración, pero aun así no retrocedió.
—¡Usted no olvide que tiene una esposa! —le gritó—. ¡Y yo tengo tanto derecho como usted! Solo voy a decirle una cosa, Alfa: no permitiré esto. ¡No lo voy a permitir! ¡No quiero que esté con otras lobas! Si vuelvo a ve