Asherad continuó presionando la cadera de Sigrid contra la suya, guiándola con insistencia, marcando un ritmo lento pero constante. Su cuerpo se rozaba contra el de ella sin disimulo; su miembro, cada vez más duro, más húmedo, se deslizaba provocándola, arrancándole sensaciones que la desarmaban.
Y Sigrid también comenzó a responder, su cuerpo se despertaba, su zona íntima se humedecía, reaccionando a cada contacto. Él no dejó de besarla en el cuello, de recorrer esa piel con la boca, intercalando besos con pequeñas mordidas suaves, como si estuviera luchando contra el impulso de marcarla ahí mismo, de reclamarla de una vez, de tomarla y aparearse con ella sin esperar más.
El vestido de enfermera que ella llevaba hacía todo más fácil, más peligroso. Asherad deslizó la mano por debajo del muslo de Sigrid y, con firmeza, le levantó la pierna. La sostuvo en el aire, obligándola a apoyarse completamente en él.
Así, con su pierna alzada y su cuerpo expuesto a su cercanía, él se acomodó ent