Asherad estaba al límite. El aroma de Sigrid lo envolvía por completo, denso, embriagador. Cada inhalación era una provocación directa a su lobo interior, que no dejaba de rugir dentro de él, insistente, salvaje, reclamando una sola palabra que martillaba su mente una y otra vez: mate. Exigía el vínculo, la marca, la posesión. Exigía que fuera ahora.
«No es el momento para esto…» se repetía en silencio, aferrándose a la última hebra de autocontrol.
Pero su lobo era terco, brutalmente decidido. No entendía de razones ni de prudencia, solo de instinto. Y ese instinto terminó imponiéndose.
Sigrid seguía inclinada, con la cabeza baja en señal de disculpa, ajena a lo que estaba a punto de ocurrir. No se dio cuenta de lo cerca que Asherad estaba hasta que el espacio a su alrededor se redujo de golpe. En un movimiento impulsivo, él avanzó y la acorraló contra la pared.
El golpe de su espalda contra la superficie la hizo contener el aliento. Asherad apoyó ambos brazos a cada lado de ella, enc