Mundo de ficçãoIniciar sessãoÁfrica fue la primera en romper el silencio. Sentada con la espalda recta en su sillón, con el porte altivo que siempre la caracterizaba, clavó los ojos en Sigrid y le habló sin rodeos, carente de toda delicadeza.
—¿Y bien? —preguntó, con una leve inclinación del mentón—. ¿El Alfa tuvo sexo contigo?
Ambas se encontraban en la habitación de África. Ya había pasado la noche y la luz del nuevo día se filtraba con timidez por los ventanales. Sigrid permanecía de pie frente a ella, con las manos enlazadas a la altura del vientre y la cabeza ligeramente inclinada, en una postura sumisa.
Sigrid no se había quedado a dormir con el Alfa, aunque librarse de él había sido mucho más difícil de lo que había imaginado. Asherad la había tomado dos veces más durante la noche, y después, exhausto, se había quedado dormido con el cuerpo enredado al suyo, abrazándola como si incluso dormido se negara a soltarla.
A Sigrid le había costado un esfuerzo inmenso deslizarse fuera de su alcance sin despertarlo, controlar su respiración, mover cada músculo con cuidado extremo hasta lograr levantarse y abandonar la habitación.
Cuando por fin llegó a su pequeño cuarto destinado a la servidumbre, no pudo descansar. Luego de bañarse, se tendió en la cama estrecha, en aquella habitación apartada del resto de la mansión, ubicada en un rincón silencioso y relegado, incluso lejos de los otros empleados que residían allí desde hacía años. Permaneció mirando el techo, con la mente atrapada en los recuerdos recientes, reviviendo cada sensación sin poder evitarlo.
Su cuerpo le dolía. Sentía molestias en la cadera y en otras partes, además de cansancio y sensibilidad, aunque las molestias eran tolerables. Tenía varias marcas: mordidas, succión en la piel, señales inequívocas de lo ocurrido.
Eran huellas que no solo estaban en su cuerpo, sino también en su mente, dejándola confusa, aturdida, y con un gran deseo de volver a experimentarlo. Apenas logró dormir un par de horas, y cuando el sol ya se había alzado por completo, tuvo que levantarse para continuar con sus obligaciones habituales.
Y ahora estaba allí, de pie frente a África, que la observaba con expectativa y exigencia, esperando una respuesta.
Sigrid se sintió intimidada al verse obligada a responder. La pregunta no solo era incómoda, sino profundamente perturbadora: África le estaba pidiendo que hablara sobre haber tenido relaciones sexuales con su esposo, con el Alfa del Clan Asgard, una figura de autoridad absoluta cuya presencia imponía incluso en la distancia.
La situación era insólita. Bajó aún más la cabeza, sus dedos se entrelazaron con mayor fuerza, y su mirada se volvió inquieta, incapaz de sostenerse en un solo punto.
—Sí, Luna —respondió finalmente—. El Alfa me ha tomado.
África no mostró sorpresa alguna. Su expresión permaneció analítica, como si estuviera evaluando una transacción más que un acto íntimo. Se inclinó levemente hacia adelante y continuó interrogándola con frialdad, sin ningún rastro de pudor.
—¿Y cómo fue? —preguntó—. ¿Te abrió de piernas y te penetró como siempre lo hace conmigo? ¿Te tomó más de una vez? ¿Se dio cuenta de algo? ¿Te dijo alguna cosa?
Sigrid guardó silencio durante unos segundos. La noche que había vivido no se parecía en nada a lo que África le había descrito en otras ocasiones. África siempre hablaba de Asherad como de un lobo distante, frío, mecánico, alguien que cumplía con su deber sin afecto ni interés, de forma rápida y carente de toda emoción. Sin embargo, lo que Sigrid había experimentado había sido completamente distinto, y esa diferencia la descolocaba tanto como la confundía.
No podía evitar preguntarse el motivo. ¿Había sido simplemente una coincidencia? ¿Un exceso de deseo acumulado? ¿O acaso el Alfa había estado particularmente dispuesto esa noche, sin razón aparente? Sigrid no tenía respuestas, solo dudas que se amontonaban en su mente sin encontrar orden.
—Sigrid —insistió África—. Respóndeme y dame los detalles. El hecho de que tengas sexo con el Alfa jamás va a ser algo privado. Yo tengo que saber todo lo que pasa entre ustedes.
Sigrid se aclaró la garganta, tomándose un poco de tiempo necesario para ordenar sus pensamientos y sostener la mentira que estaba a punto de pronunciar.
—Sí, Luna. Fue como usted dijo. Nada fue diferente.
Había elegido esa respuesta movida por el miedo. No se atrevió a contar que Asherad había mostrado una pasión inesperada, ni que aquella noche había sido, para ella, lo más intenso y excitante que había vivido jamás.
No podía confesar que había sentido algo nuevo, algo que no comprendía mucho, pero que había disfrutado bastante. África no era su confidente ni su amiga; era su Luna, su autoridad, y Sigrid sabía que compartir algo tan íntimo sería imprudente, incluso peligroso.
Además, la sola idea de imaginar la reacción de África al descubrir que el Alfa había sido tan apasionado con ella, con alguien a quien consideraba un adefesio, mientras con su propia esposa se mostraba distante y frío, la llenaba de un temor paralizante. Por eso decidió mentir. Las marcas y succiones que Asherad le había dejado, estaban ocultas bajo su ropa de criada que le cubría hasta el cuello.
África la observó durante un instante, como si evaluara la veracidad de sus palabras, y luego asintió con la cabeza.
—Entonces no te descubrió —articuló—. Todo salió a la perfección.
—Sí, Luna —respondió Sigrid con rapidez—. Así es.
—Y él eyaculó dentro de ti, ¿verdad?
Sigrid se sobresaltó ligeramente al escuchar aquella pregunta tan directa. Aun así, se obligó a mantener la compostura y asintió.
—Sí, Luna —repitió—. También fue así.
África pareció satisfecha.
—Perfecto —sentenció—. Harás esto todas las noches hasta que quedes embarazada. Ya lo sabes. Y yo tengo que ser la primera en enterarme cuando lo estés. Si comienzas a tener algún síntoma, si sientes náuseas, mareos o cualquier cambio, me lo dices directamente a mí. No se lo dirás a nadie más. ¿Entiendes?







