Elliot había decidido permitir que Celeste abandonara el encierro de su alcoba, considerando que el enojo inicial que había sentido por su llegada impulsiva ya se había disipado lo suficiente como para otorgarle cierta libertad dentro del palacio.
Sin embargo, aquella concesión no era absoluta ni carecía de límites: si bien podía desplazarse por los distintos espacios, pasear por los jardines o recorrer los salones, lo hacía siempre bajo la compañía de Nayla, quien asumía la tarea de acompañarl