Cuando Sigrid abrió los ojos, lo hizo con una sensación de pesadez que parecía adherida a cada parte de su cuerpo, como si el desmayo hubiese arrastrado consigo no solo su conciencia, sino también sus fuerzas.
Tardó unos segundos en enfocar la vista y comprender dónde se encontraba. El techo familiar, los delicados detalles de la habitación y la suavidad de las telas que la cubrían le indicaron que estaba en su alcoba. Los criados la habían llevado hasta allí con sumo cuidado, esforzándose por