La llovizna caía suavemente sobre la ciudad, cubriendo las avenidas y los rascacielos con una fina cortina gris que transformaba el paisaje en una pintura de tonos apagados.
Desde el último piso de la Torre Sherwood, uno de los edificios más imponentes del distrito financiero, Ashton Sherwood contemplaba el horizonte a través de los enormes ventanales de su oficina. La ciudad se extendía bajo sus pies como un océano interminable de luces, vehículos y personas que corrían de un lado.
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