África comenzó a temblar cuando escuchó la sentencia. No fue un estremecimiento leve, sino un sacudón que recorrió todo su cuerpo. El miedo, crudo y paralizante, se apoderó de ella sin darle tregua.
No quería morir, y mucho menos de aquella manera tan cruel y deshonrosa. La idea de la muerte, y de la forma en que sería ejecutada, le erizó la piel y le robó el aliento.
Sus manos vibraban sin control. Sus ojos se llenaron de lágrimas que no llegaron a caer. Bajó la cabeza, incapaz de sostener la