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―No voy a ponerle una silla a Silvain.

Emilia no se movió.

Estaba frente al escritorio, con una mano sobre el libro verde de Aryanna y la otra metida en la bolsa de su sudadera. Tenía el cabello suelto, la cara seria y esa crueldad honesta de quien ya había perdido demasiadas cosas como para cuidar palabras blandas.

Aryanna seguía de pie junto a ella.

La frase había salido demasiado rápido.

Casi como una defensa.

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