El aire todavía estaba impregnado del eco de los cánticos de Naya y del pueblo, como si aún la misma noche susurrara las bendiciones del nacimiento de nuestro hijo.
Espíritus ancestrales jugaban con las hojas de los árboles cerrando círculos en el aire.
Las llamas de la fogata en el centro de la aldea brillaban con una luz más tenue, con cálido calor que envolvía a todos en un sentimiento maternal.
Mi corazón ardía con un fuego nuevo, uno que no se apa