Las alianzas en este mundo no se forjan con contratos.
Se firman con miradas envenenadas, apretones de manos que ocultan dagas y cenas que huelen más a pólvora que a vino.
Y esta noche, la pólvora tenía nombre y apellido: Alessio Moretti.
Estaba de pie en la terraza del Palazzo Santorini, el lugar elegido para esta farsa de reunión “comercial” entre mi familia y los Moretti fingiendo interés en el discurso innecesariamente largo de un empresario florentino.
Lo escuchaba como quien oye una ópera