La exposición no duele en el momento exacto en que ocurre. Duele después, cuando el ruido baja y el silencio empieza a amplificar cada mirada, cada gesto, cada duda sembrada. Esmeralda lo sintió en cuanto salió del edificio. No caminó rápido, no buscó esconderse, pero tampoco se detuvo a mirar atrás. Sabía que si lo hacía, si intentaba medir el impacto en ese instante, se permitiría sentir demasiado… y aún no era el momento de hacerlo.
El aire afuera era distinto, más libre, pero no suficiente