El reloj del tablero marcaba las 9:45 de la mañana cuando el sedán blindado cruzó el arco de salida de la colina. Emilio conducía con una calma metódica, aunque sus ojos oscuros revisaban constantemente los espejos retrovisores, un viejo hábito que Aurelia le había tatuado en los reflejos y que ningún acuerdo de paz lograría borrar por completo.
A su lado, Esmeralda terminaba de abrocharse los aretes de perlas que combinaban con el corte sobrio de su traje sastre gris oxford. El cabello, perf