El silencio que siguió a las palabras de Esmeralda fue tan denso que casi podía escucharse el suave zumbido del aire acondicionado del piso 40. Harrison intercambió una mirada rápida con los otros dos delegados del norte, buscando un rastro de duda o una grieta en la postura de la mujer que tenían enfrente. No encontraron nada. Los ojos color miel de la CEO de Hierro permanecían fijos, imperturbables, reflejando la luz del mediodía que entraba por el ventanal.
—Señora Valeriano —comenzó Harri