El complejo corporativo de la Provincia de Aurelia se erguía frente al mar como una torre de cristal y acero, reflejando destellos plateados bajo el sol matutino. Al descender del vehículo blindado, el aire salino del puerto golpeó el rostro de Esmeralda, pero ella no se detuvo a contemplar el horizonte. Con paso firme, escoltada por Emilio a su derecha y Ricardo medio paso atrás, cruzó el vestíbulo principal donde el personal de seguridad y los analistas se alineaban en un silencio absoluto,