El sol del mediodía se instaló con plenitud sobre el puerto, tiñendo el agua de la bahía de un azul cobalto tan intenso que hacía que las antiguas batallas por los astilleros parecieran recuerdos de otra vida. Tras una mañana marcada por los fantasmas del pasado y las bendiciones tardías de Victoria, la normalidad de su nueva vida comenzaba a reclamar sus espacios.
Ricardo llegó a la mansión a la hora del almuerzo, vistiendo un traje gris impecable y portando una tableta digital que desentona