Las manos de Esmeralda temblaban.
Tanto que apenas podía sostener la hoja.
El papel estaba envejecido.
Las esquinas amarillentas.
La tinta ligeramente desgastada por el paso de los años.
Veintisiete años.
Veintisiete años esperando ser leída.
El silencio dentro de la habitación era absoluto.
Ni siquiera la lluvia parecía existir ya.
Solo aquella carta.
Solo aquellas palabras.
Y entonces Esmeralda comenzó a leer.
"Mi querida hija..."
Las lágrimas aparecieron de inmediato.
Porque era la letra de