La noche cayó sobre Aurelia.
Pero en la Mansión Villarreal nadie dormía tranquilo.
La seguridad se había duplicado.
Vehículos patrullaban constantemente el perímetro.
Nuevas cámaras eran instaladas.
Guardias armados vigilaban cada acceso.
Sin embargo, para Emilio nada parecía suficiente.
Se encontraba en el despacho principal observando las pantallas de seguridad.
Una tras otra.
Una y otra vez.
Hasta que la puerta se abrió.
Era Sebastián.
—Llevas tres horas viendo cámaras.
—Y podría pasar otras