La inquietud no desapareció.
Al contrario.
Aumentó.
Mientras observaba la ciudad desde la ventana de la sala privada del hotel, Emilio sintió cómo un extraño malestar se instalaba en su pecho.
Era irracional.
No tenía pruebas.
No tenía motivos.
Pero algo dentro de él gritaba que debía volver a casa.
—¿Emilio?
preguntó Valeria.
Él volvió a la realidad.
—Tengo que irme.
—¿Crees que estoy exagerando?
—No.
Y eso es precisamente lo que me preocupa.
Valeria asintió.
—Ten cuidado.
Por primera vez desd