Durante varios segundos, nadie fue capaz de hablar.
El tiempo pareció detenerse.
Esmeralda observó fijamente al hombre que acababa de entrar.
Era como mirar un reflejo imposible del pasado.
Los mismos ojos color miel de Victoria.
La misma forma orgullosa de levantar la barbilla.
La misma mirada desafiante que Don Maximiliano mostraba cuando enfrentaba una guerra.
Y, sin embargo, había algo más.
Algo que pertenecía únicamente a él.
Las cicatrices.
El dolor.
Los años de ausencia.
Sebastián tambié