La oficina de Don Maximiliano quedó sumida en un silencio insoportable.
Solo se escuchaban los sollozos ahogados de Esmeralda contra el pecho de Emilio mientras las fotografías de Victoria golpeada permanecían esparcidas sobre el escritorio como fantasmas del pasado.
El aire se sentía pesado.
Tóxico.
Irrespirable.
Emilio sostenía a Esmeralda con firmeza, sintiendo cómo su cuerpo temblaba violentamente entre sus brazos. Jamás la había visto así. Ni siquiera cuando la expulsaron públicamente del