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CAPITULO:4 El Umbral del Pasado

El trayecto fue un tormento de incertidumbre y sombras. Tras ser obligada a subir a la camioneta, una venda de seda —irónicamente suave— cubrió sus ojos, sumergiéndola en una oscuridad que agudizó sus otros sentidos. Esmeralda intentó mantener la calma, contando mentalmente los segundos y registrando cada giro, cada frenazo, tratando de aplicar la lógica fría que usaba en sus exámenes de finanzas para no sucumbir al pánico.

Pronto, el rugido del tráfico urbano y el claxon constante de la ciudad fueron reemplazados por un silencio sepulcral, interrumpido solo por el cambio en la presión del aire. El calor asfixiante del asfalto dio paso a un frescor boscoso, un aroma a pino y tierra mojada que no pertenecía a la periferia donde ella había crecido. Escuchó el canto de aves que jamás había oído en el mercado y el crujir rítmico de la grava fina bajo las llantas, indicando que habían abandonado las vías públicas para entrar en propiedad privada.

Cuando finalmente la camioneta se detuvo y le retiraron la venda, la magnitud de lo que vio la dejó sin aliento. No era una casa, era una declaración de poder. Ante ella se alzaba una mansión de arquitectura clásica, una mole de piedra y mármol rodeada de jardines que parecían extenderse hasta el horizonte. Las estatuas de ángeles y fuentes de agua cristalina flanqueaban una escalinata que conducía a una puerta de roble tallado.

Al cruzar el umbral de la sala principal, Esmeralda se sintió diminuta, una intrusa vestida con jeans gastados y una chaqueta de mezclilla en un mundo de opulencia obscena. El techo era tan alto que su pequeña casa entera podría haber encajado en ese espacio sin tocar las molduras de oro. El suelo, un mosaico de mármol pulido, reflejaba la luz de una lámpara de cristal que colgaba como una constelación cautiva.

Pero lo que realmente detuvo su respiración no fue el lujo, sino el hombre sentado en un sofá de terciopelo azul profundo al fondo del salón. Era un anciano de porte aristocrático, cuya espalda permanecía recta a pesar del peso evidente de los años. Vestía un traje de tres piezas de un gris marengo tan perfecto que parecía una armadura de elegancia.

Cuando el hombre se puso de pie, el tiempo pareció detenerse. Caminó hacia ella con una lentitud deliberada, apoyado en un bastón con empuñadura de plata. Al estar a pocos pasos, pronunció su nombre: —Esmeralda—, con una voz profunda, cargada de una emoción que el hombre intentaba, sin éxito, sepultar bajo una máscara de frialdad.

Esmeralda sintió un escalofrío que le recorrió la espina dorsal. Al mirar de cerca aquel rostro surcado por las arrugas, se encontró con algo aterradoramente familiar. Los ojos de aquel hombre, aunque cansados y enmarcados por cejas canosas, eran un reflejo exacto de los ojos de su madre. Era la misma forma almendrada, el mismo tono café claro que ella misma veía en el espejo cada mañana. En ese instante, el mundo que ella creía conocer se desmoronó, dejando solo preguntas grabadas en el aire frío de la mansión.

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