Camila dejó de contar los días el segundo martes.
No porque perdiera la cuenta sino porque contar los días implicaba que los días importaban, y los días de una mujer que vive sola en una mansión de cuatro pisos sin nadie que le pregunte si comió no importan. Son horas que pasan, luz que entra y se va, oscuridad que llega y se queda, y el ciclo se repite con la indiferencia de un universo al que le da igual si Camila Lincoln se levanta de la cama o se queda ahí hasta pudrirse.
La mansión se fue