Hice lo que me dijo, aferrándome a la gruesa base de su miembro, con las yemas de los dedos separadas, sujetando lo que parecía músculo envuelto en seda. ¿Cómo iba a poder tomarlo completamente dentro de mí si ni siquiera podía hacerlo con la mano?
—¿Así?— pregunté nerviosamente.
—Así nada más. Ahora cierra los ojos y enséñale a tu papi dónde lo quiere su putita —me ordenó, rozándome el torso con su gran punta, dejando un rastro de semen claro en mi ombligo. Gimió.
—Te deseo justo aquí. —Saqué