La tarde caía lentamente sobre la mansión Carruso. El sol teñía de dorado las cortinas antiguas de la habitación y el aire olía a recuerdos.
Cristina permanecía de pie junto a la ventana, con la mirada perdida en los jardines.
Sus manos temblaban apenas, y el silencio se le hacía insoportable.
Jessica, que la observaba desde el sillón, se acercó despacio. Puso una mano en su hombro y, con voz baja, le susurró al oído:
—Cris, ¿estás bien?
Cristina giró apenas el rostro. Sus ojos, enrojecidos, re