Rubén asintió en silencio, mirando de nuevo por la ventana. El jardín, con sus rosales bien cuidados y el césped recién cortado, se veía tranquilo, como si nada pasara. Pero dentro de él no había calma: su corazón estaba en guerra, golpeando con fuerza dentro de su pecho.
Se giró despacio hacia su madre, y con voz cansada murmuró:
—Lo sé, mamá… lo sé.
Ángela, que lo observaba con la serenidad de una madre que todo lo entiende sin necesidad de palabras, inclinó la cabeza y suspiró.
—Hijo —dijo c