En la habitación de Cristina.
Cristina estaba sentada en el borde de su cama cuando escuchó la notificación. Tomó el teléfono y leyó el mensaje. Sus cejas se alzaron de inmediato, y una mezcla de fastidio y sorpresa la invadió.
—¿Está loco? —murmuró—. ¿Anhela verme? ¿Desde cuándo, señor Elio Caruso, usted anhela verme a mí? —dijo con ironía, negando con la cabeza mientras dejaba el teléfono a un lado.
Con un suspiro, se levantó y caminó hacia el baño. El vapor pronto cubrió el espejo mientras e