Elio sacudió la cabeza con violencia, como si quisiera expulsar esos fantasmas que le quemaban la conciencia. El recuerdo de haberla visto salir por esa puerta, despreciando su fortuna y su apellido, ahora era una daga clavada en su orgullo. ¿Cómo pudo ser tan ciego? ¿Cómo pudo confundir la dignidad de Cristina con debilidad?
Le dio un par de vueltas a la pluma entre sus dedos, sintiendo que pesaba toneladas. Con un suspiro que le desgarró el pecho, apoyó la punta sobre el papel. Firmó. Fue un