—Hija —intervino Emma con voz conciliadora pero manipuladora—, todos los matrimonios son difíciles. Uno discute, se grita, pero no se va una de la casa solo por una pelea. Tienes que ser más madura.
Cristina suspiró, sintiendo que la paciencia se le agotaba.
—No es una discusión, mamá. Me estoy divorciando.
—¡¿Cómo que te estás divorciando?! —estalló Alberto—. ¡Eso no puede ser! ¡Es una locura! ¿Has pensado en lo que pasará con la empresa? Esa fusión es vital para nosotros.
—Papá... ¿Es lo únic