—¡Te equivocas! —gritó Elio, y por primera vez, su voz no sonaba autoritaria, sino rota—. ¡Te quiero a ti! No me importa la empresa, no me importa nada más. Sé que me di cuenta muy tarde, sé que fui un ciego, pero te amo, Cristina. Te amo y no quiero perderte. Soy un imbécil... me dejé manipular por mi madre, por sus planes, por su ambición... pero te juro que estoy arrepentido. Solo dame una oportunidad. Quiero que seamos felices los tres: tú, yo e Isaac.
En un gesto que dejó a Cristina sin re