Mundo ficciónIniciar sesiónUna hora después, el taxi que Bianca había pedido se detuvo frente a las puertas de una lujosa mansión de estilo mediterráneo. La lluvia seguía cayendo sin piedad, desdibujando la majestuosidad de los pilares blancos y el jardín de rosas, que por lo general estaba impecable. Alguna vez, ese había sido su hogar. El paraíso donde su madre la había criado. Pero esa noche, el lugar se sentía ajeno y amenazador, como un mausoleo que albergaba todos sus hermosos recuerdos.
Bianca pagó el resto de la tarifa del taxi con el último billete que quedaba en su billetera. Tan pronto como sus pies empapados pisaron el pórtico de mármol, la puerta principal se abrió con brusquedad.
Su padre, Hardiman Vantoria, estaba de pie en el umbral. Su rostro, habitualmente imponente, ahora estaba enrojecido por la ira reprimida. Las venas de sus sienes palpitaban, y su mirada perforó a Bianca con más filo que la hoja de un cuchillo.
—¡Entra! —espetó con una voz atronadora.
Bianca entró a la sala de estar, que estaba brillantemente iluminada. Allí, sobre un sofá de terciopelo color marfil, Rubi ya se encontraba sentada con elegancia. Había cambiado su ligero camisón por un recatado vestido de noche. Tenía el rostro hinchado y los ojos enrojecidos, como si hubiera estado llorando durante horas. A su lado, la madrastra de Bianca, Lena, le frotaba la espalda a Rubi con profundo afecto.
Por lo visto, el drama de la actriz había comenzado mucho antes de que Bianca llegara.
—Papá, escúchame...
—¡Cállate! —la interrumpió Hardiman, cerrando la puerta de un portazo a espaldas de Bianca—. ¡Ya lo he escuchado todo de boca de Rubi! ¡Todo!
Rubi sollozó por lo bajo, forzando la voz para sonar frágil.
—Bianca, ¿cómo pudiste hacernos esto a Arga y a mí? Yo solo quería asegurarme de que estuvieras bien en el hotel. ¿Pero tú? Tú, en cambio, me lanzaste acusaciones sin sentido.
Bianca miró a su hermanastra con ojos desorbitados.
—¿Acusaciones? Lo vi con mis propios ojos, Rubi. Tú y Arga en la misma cama. Desnudos.
Lena, la madrastra de Bianca, se puso de pie.
—¡Cuida tu lenguaje, Bianca! ¿Crees que por hablar con tanta vulgaridad la gente te va a creer? Sabemos que necesitas dinero para mantener ese estilo de vida lujoso tuyo, ¿pero venderte en un hotel? ¡Eso ya es pasarse de la raya!
La mente de Bianca se quedó en blanco. Aquella acusación era tan absurda, tan vil, que ni siquiera sabía por dónde empezar a defenderse.
—¿Dinero? Yo no necesito dinero. ¡Tengo un trabajo, tengo mis propios ingresos! —exclamó Bianca, con la voz empezando a temblarle. Miró a su padre, buscando un destello de confianza en los ojos del hombre—. Papá, por favor... créeme. Rubi me tendió una trampa. ¡Me envió mensajes falsos haciéndome creer que Arga estaba enfermo en el hotel!
Hardiman soltó una risa cínica, una risa que le desgarró el corazón a Bianca.
—¿Mensajes falsos? ¡El propio Arga me lo confirmó por teléfono! Me dijo que fuiste tú quien lo sedujo, que le pediste que fuera al hotel a "hacerte compañía" porque necesitabas dinero para pagar las deudas de tus tarjetas de crédito.
La mentira era perfecta. Estaba orquestada a la perfección. Arga y Rubi se habían confabulado para tergiversar los hechos y convertir a Bianca en la villana principal de su historia.
—¡Es mentira! ¡Todo eso es mentira! —gritó Bianca, llena de frustración y desesperanza—. ¡Papá, mírame! ¡Soy tu hija! ¡¿Desde cuándo me convertí en una mentirosa a tus ojos?!
—¡Desde que tu madre murió y te volviste una rebelde! —replicó Hardiman, señalando el rostro de Bianca con un dedo que le temblaba de furia—. Rechazaste el matrimonio de negocios que yo arreglé, elegiste a un hombre sin futuro como Arga, ¡y ahora deshonras el apellido de la familia Vantoria al convertirte en una prostituta!
—¡No soy una prostituta!
—¡¿Entonces qué eres?! ¡¿Eh?! Encontrarte con un hombre en la habitación VIP de un hotel a la medianoche, ¡¿cómo se llama eso si no es venderse?!
—¡Fui para darle una sorpresa de cumpleaños a mi propio prometido!
—¡Excusas! —bramó Hardiman—. ¡Rubi lo vio! ¡Saliste de esa habitación con un viejo rico antes de que Arga llegara a descubrirte!
Bianca se quedó callada. Comprendió que ya no tenía caso discutir. La mente de su padre estaba completamente envenenada por las mentiras de Rubi y de Lena. En esa casa, desde que su madre había fallecido, Bianca no era más que una extraña cuya voz jamás era escuchada.
Al verla guardar silencio, Rubi echó más leña al fuego.
—Déjalo ya, papá... tal vez Bianca solo cometió un error. No seas tan duro con ella —dijo con un tono angelical—. Bianca, tan solo admite tu culpa. Papá seguramente te perdonará si prometes no volver a hacerlo.
Era un juego psicológico repulsivo. Querían que Bianca confesara un crimen que jamás había cometido.
Bianca alzó la barbilla. Miró a su padre con los ojos ahora secos; ya no le quedaban más lágrimas por derramar.
—Nunca confesaré algo que no hice.
Esa respuesta fue el detonante final.
La furia de Hardiman estalló. Levantó la mano en lo alto.
¡PLAS!
Una bofetada durísima aterrizó en la mejilla derecha de Bianca. Su cabeza se ladeó por el impacto y pudo sentir cómo se le desgarraba la comisura de los labios. Un ardor punzante se extendió de inmediato, seguido por el sabor salado de la sangre que comenzaba a gotear por su barbilla.
El mundo de Bianca pareció dejar de girar. No era la primera vez que recibía maltrato físico por parte de su padre, pero la bofetada de esta vez se sentía distinta. Este golpe ya no era un castigo, sino una sentencia. La sentencia de que ya no era considerada como una hija.
—¡Tú! —siseó Hardiman, con la respiración agitada—. No solo te conviertes en una cualquiera, ¡¿sino que ahora también te atreves a desafiarme?! ¡¿Te atreves a mirarme de esa manera?!
Bianca se tocó la comisura ensangrentada del labio. Observó la mancha roja en la yema de sus dedos y luego volvió a mirar a aquel hombre al que llamaba padre, con una mirada vacía. El dolor en su mejilla no era nada comparado con el dolor en su corazón.
Esta casa estaba verdaderamente muerta. Había muerto junto con su madre hacía tantos años.
—¡A partir de este instante, ya no eres mi hija! —rugió Hardiman—. ¡Lárgate de esta casa! ¡Vete ahora mismo! ¡No vuelvas nunca más y no te atrevas a llevarte ni un solo centavo de aquí! ¡No estoy dispuesto a que mi fortuna se use para mantener a una prostituta!
Lena y Rubi sonrieron con satisfacción a espaldas de Hardiman. Su misión había sido un éxito. Finalmente habían logrado deshacerse de la única heredera legítima de la familia Vantoria.
Bianca no suplicó. No lloró. No rogó por una segunda oportunidad.
Su instinto de supervivencia, dormido durante tanto tiempo, ahora despertaba. Ya no le quedaba nada. Y cuando alguien ya no tiene nada que perder, deja de tener miedo.
Con el orgullo que le quedaba, Bianca dio media vuelta con el cuerpo aún empapado, volvió a abrir la puerta que su padre había azotado y salió hacia el abrazo de la tormenta. No miró hacia atrás. Ni un solo instante.
Caminó sin rumbo por las calles desiertas. El frío comenzó a calarle hasta los huesos. La fina blusa que llevaba se le pegaba a la piel, arrebatándole los últimos rastros de calor corporal. Su visión comenzó a nublarse y puntos negros bailaban en sus pupilas. Los síntomas de la hipotermia comenzaban a atacarla.
Tenía que buscar refugio. Al menos bajo el toldo de alguna tienda.
Bianca giró hacia un callejón oscuro entre dos edificios antiguos, con la esperanza de encontrar un lugar un poco más resguardado del viento nocturno que la congelaba. Sus pasos eran tambaleantes, sentía las piernas como si fueran de gelatina.
De repente, la punta de su zapato tropezó con algo duro. Perdió el equilibrio y cayó de rodillas sobre el asfalto mojado y sucio.
—Maldición —maldijo en un susurro.
Pensó que se trataba de un bote de basura o de una pila de cartones empapados. Sin embargo, al intentar ponerse de pie, sintió algo extraño bajo la palma de la mano. Pegajoso y con un olor acre. El olor metálico de la sangre.
Un relámpago surcó el cielo, iluminando el callejón durante un segundo espeluznante.
El corazón de Bianca casi dejó de latir.
Con lo que había tropezado no era un bote de basura. Era un par de zapatos de cuero de hombre, negros, costosos, y que ahora estaban cubiertos de sangre. Las piernas yacían en un ángulo antinatural en medio de un charco de agua de lluvia con un tinte rojizo. Bianca alzó la mirada lentamente, siguiendo el rastro desde los zapatos hacia arriba.
Hacia una gran figura que yacía inerte entre las sombras.







