16. El primer ensayo general
Diez minutos. El tiempo parecía haberse encogido hasta convertirse en granos de arena cayendo demasiado deprisa en un reloj de cristal. Las palabras de Kenzo en la pantalla del teléfono de Daniel se sentían como una bomba de relojería recién activada, haciendo tictac con un ritmo ensordecedor en medio del silencio del inmenso dormitorio del penthouse.
—¡Maldita sea! —maldijo Daniel de nuevo, esta vez con una voz más alta que resonó contra las paredes de cristal. Su máscara de habitual serenidad