Tercer trago de la noche y los últimos recuerdos de Cameron se repetían en su mente. Era un idiota. ¿Cómo la dejó ir con ese mujeriego que sólo quería una cosa? Debería haber dicho algo, haber hecho algo, pero no. Solo prefirió ver como le arrebataban a su mujer y no hacer nada.
Finalmente, la espera llegó a su fin cuando en su espalda sintió un par de bofetadas. Diego se giró y esbozó una sonrisa.
—¡Oh! Tomás, pensé que no vendrías.
—¿Cómo que iba a dejar que mi amigo se tomara todas las copas