El aire acondicionado de la limosina zumbaba con una eficiencia silenciosa que me resultaba exasperante. A mi lado, Alexander se había quitado la chaqueta del esmoquin, dejando que la camisa blanca, ahora ligeramente arrugada tras horas de tensión en la cumbre, revelara la silueta de su espalda. No nos habíamos dicho una palabra desde que abandonamos la terraza del edificio corporativo, pero el silencio no era de vacío, sino de una acumulación peligrosa de todo lo que habíamos evitado nombrar.